jueves, 12 de noviembre de 2009

Un vivo recuerdo de Francisco Ayala

10 Noviembre 2009, 10:13 PM

Escrito por: JOSÉ ISRAEL CUELLO H. (Jose5lo@yahoo.es)

A Manuel Vázquez Montalbán lo encontré para los efectos de su trabajo acerca de Galíndez a través del periódico español El País.

Pero ya le conocía por otros nombres en la revista Triunfo.

También, porque al pasar por Madrid alguna vez otro entrañable amigo de otras aventuras allá mismo, en los 60, Armando Puente, me regaló su ya olvidada “La penetración americana en España”, publicada en 1971 por Cuadernos para el Diálogo.

Se produjeron esos acercamientos previos con el pálpito de que llegaría a ser lo que en efecto fue en las letras españolas, y que ya era Manolo el día en que nos conocimos personalmente en Barcelona.

Cuando en su columna reiteró la idea de que un día dejaba todo para trabajar con Galíndez, no vacilé en enviarle copia del archivo del vasco acumulado al paso de los años, y que nunca sedujo a otros autores dominicanos.

Galíndez le apasionaba, decía, desde que por la prensa franquista conoció de él y de su secuestro en Nueva York, así como por lo que el hecho le fue creando acumulativamente a Trujillo.

El mal correo ayudó a nuestra química afectivo-intelectual-política, pues fue cinco meses más tarde cuando nos encontramos, sin recibir respuesta alguna de aquel envío dirigido a:

“Manuel Vázquez Montalbán, El País, Madrid, España”.

Ese día se presentaba en Barcelona una obra de Antonio Gades con prólogo y palabras suyas, lo que me permitió acercarme a aquel estante en que se aglomeraba un público nutrido y caluroso.

Sólo pude decirle “soy dominicano” para que exclamara: “¡¿Dominicano?! Ayer recibí un paquete muy extraño desde allá, tanto, que hube de preguntarle a don Francisco Ayala, si un dominicano sería capaz de aquello, y me dijo que todos eran capaces de esas cosas”.

El elogio de Ayala, tan uniforme como incorrectamente repartido entre todos los compatriotas, me tocó muy hondo; no somos, me dije, un país solamente de Rubirosas y Trujillos.

El escritor que muere en estos días a los 103 años de vida, había pasado por esta parte de la Siberia española que fue Latinoamérica en ese momento, camino a Buenos Aires, Brasil, Puerto Rico y Estados Unidos, luego del desplome de la República Española.

Triunfó en toda América como escritor, conferencista, editor o docente, y se había homologado en la España que se descomponía de Franco mientras éste se salía de ella, y de su cuerpo, con la lentitud torturante de la muerte en un hospital bien atendido.

Manolo salía al día siguiente para Londres y nosotros, Lourdes, Ernesto —nuestro segundo hijo— y yo, como buhoneros cargados de invendibles a Frankfurt, en un autobús de 17 horas de vuelo.

Una semana después, nos encontramos de nuevo en Barcelona, y allí planificamos el trabajo con que se salvó a Jesús de Galíndez del olvido.

Pensé siempre que debía escribirle o encontrarme alguna vez con Ayala para agradecerle su valoración sobre los dominicanos, hijos de una tierra donde no he localizado registros de su paso.

Particularmente, al contarle estas cosas a Fraukwe Gewecke, para la Revista “Iberoamericana” del Instituto Latinoamericano de Berlín, y su trabajo publicado en el No. 3 del 2001.

Pero don Francisco ha muerto, sin que nos hayamos encontrado.

Le debía la narración de este recuerdo tan particular como entrañable.

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